Así era Kowloon: la locura urbana mas densa de la historia

Imagina un bloque de edificios tan apretado que la luz del sol no llegaba a la calle. Donde los vecinos cruzaban de un edificio a otro por las azoteas y los aviones pasaban rozando las antenas.
Ese lugar existió en Hong Kong hasta principios de los años noventa. Era la ciudad amurallada de Kowloon, un enclave que desafió todas las normas de urbanismo y convivencia y que acabó convertido en símbolo de la desmesura y la autogestión.
De puesto militar a limbo legal
Kowloon empezó siendo algo mucho más modesto: un puesto militar chino de la dinastía Song, en torno al siglo X, dedicado a vigilar el comercio de sal.
Su destino cambió en el siglo XIX. En 1842, tras la Primera Guerra del Opio, el Tratado de Nankín cedió la isla de Hong Kong al Imperio británico. Los Qing, temerosos de la influencia británica, decidieron fortificar la zona y en 1847 terminaron sus murallas, con un pequeño destacamento dentro.
En 1898, el Reino Unido amplió su territorio con la Segunda Convención de Pekín, pero el recinto amurallado quedó excluido del acuerdo. China seguía reclamándolo y Londres administraba todo lo que lo rodeaba.
Esa ambigüedad, casi kafkiana, lo convirtió en tierra de nadie. Ninguna de las dos administraciones quería meterse, y Kowloon se volvió un refugio ideal para quien buscaba evitar a la autoridad británica.
Un detalle que pocos conocen: las murallas que le daban nombre ya no existían cuando la ciudad alcanzó su fama. Durante la ocupación japonesa de la Segunda Guerra Mundial se derribaron para aprovechar la piedra en la ampliación del aeropuerto de Kai Tak. Tras la guerra, la llegada masiva de refugiados hizo el resto.

Un día en la vida de un residente de Kowloon
La vida allí era intensa y abarrotada. En apenas 2,6 hectáreas (algo más que tres campos de fútbol) llegaron a vivir entre 33.000 y 50.000 personas, según la fuente y el año. El censo previo al desalojo, en 1987, contó unos 33.000 residentes.
Los edificios crecían unos encima de otros hasta las 14 plantas, la altura máxima permitida para no interferir con los aviones que aterrizaban en Kai Tak, a pocos cientos de metros.
Los espacios habitables eran diminutos. A menudo una sola habitación servía de hogar a una familia entera. Escuelas, tiendas, templos, bares y talleres convivían en un mosaico donde la legalidad era la excepción.
Las calles, si se les puede llamar así, eran pasadizos de poco más de un metro de ancho, húmedos y en penumbra a cualquier hora, con un techo de cables y tuberías goteando. La luz del día solo se veía de verdad en las azoteas.
Por eso las azoteas eran el patio de todos. Allí los niños jugaban y volaban cometas, la gente tendía la ropa y se movía de un edificio a otro sin bajar a la calle, mientras los aviones de Kai Tak pasaban tan bajo que parecía que se podían tocar.

La sociedad de Kowloon
La mayoría de los residentes eran inmigrantes chinos que huían de la guerra civil y de la pobreza del continente. Muchos trabajaban en empleos informales, en fábricas clandestinas de fideos, albóndigas de pescado o tejidos que abastecían a medio Hong Kong.
Vivir allí era enfrentarse a un ambiente insalubre. No había recogida de basura ni saneamiento digno, las aguas residuales corrían a cielo abierto y el agua potable llegaba por un puñado de grifos y pozos. La basura se acumulaba en las azoteas.
La falta de policía convirtió el lugar en refugio de las tríadas, las mafias chinas que controlaban el juego, la prostitución y el tráfico de drogas. Hubo burdeles, fumaderos de opio y locales de apuestas ilegales.
Ese dominio no fue eterno. Las grandes redadas policiales de los años setenta, con miles de detenciones, debilitaron mucho a las tríadas, y en la última etapa Kowloon era más un barrio obrero hacinado que un nido de crimen.

Y aquí viene la parte que más sorprende. Muchos antiguos habitantes recuerdan su vida allí con cariño.
Las familias se ayudaban, las relaciones vecinales eran cuestión de supervivencia y las fiestas tradicionales seguían celebrándose en medio del caos. Sin Estado, la comunidad se organizó sola: los vecinos crearon asociaciones que gestionaban agua, electricidad y conflictos.
Dentistas sin licencia
Uno de los negocios más peculiares que florecieron en ese vacío legal fue el de los dentistas y médicos sin licencia. Muchos se habían formado en China y no podían ejercer legalmente en Hong Kong, pero dentro del recinto nadie se lo impedía.
Cobraban una fracción de lo que costaba un dentista colegiado, así que pacientes de toda la ciudad cruzaban esa frontera invisible para empastarse una muela. Es el ejemplo perfecto de cómo la falta de regulación generó peligro, pero también una economía paralela que funcionaba.
La demolición de Kowloon
En 1987, con la devolución de Hong Kong a China en 1997 ya en el horizonte, los gobiernos británico y chino acordaron que la ciudad amurallada debía desaparecer.
El desalojo fue largo, caro y doloroso. El gobierno de Hong Kong pagó unos 2.700 millones de dólares de Hong Kong en compensaciones a familias y negocios, y muchos residentes acabaron reubicados en viviendas públicas.
La demolición empezó en marzo de 1993 y terminó en abril de 1994. En su lugar se abrió en 1995 el Kowloon Walled City Park, un jardín de estilo chino que conserva el antiguo yamen (la oficina administrativa de la época Qing) y restos de la puerta sur.
Restos de esta ciudad en el imaginario colectivo
Como historia atrae, pero como estética, viendo las fotos, mucho más. Kowloon ha inspirado películas, novelas y videojuegos, y es uno de esos lugares que hoy se comparten en redes junto a los espacios liminales: pasillos imposibles que no parecen de este mundo.
En cine se reconoce en los barrios de Batman Begins y se rodaron escenas dentro de la propia ciudad para Bloodsport (1988). En videojuegos aparece en Shenmue II y en Call of Duty: Black Ops.
En literatura, William Gibson la llevó a su Trilogía del Puente, donde una versión virtual de la ciudad amurallada se convierte en refugio digital. El manga y el anime ciberpunk también le deben buena parte de su imaginario de calles verticales.
Pero el gran documento es City of Darkness (1993), de los fotógrafos Greg Girard e Ian Lambot, que pasaron años retratando a sus vecinos antes del derribo. De ese trabajo salen algunas de las fotos de este artículo, y hay muchas más en su web. Si te tira ese tipo de fotografía documental, aquí te contamos por qué empezar con la fotografía analógica.
Imagen cabecera: vista aérea de Kowloon de Ian Lambot
Fuentes y para seguir leyendo
- Greg Girard e Ian Lambot, City of Darkness: Life in Kowloon Walled City (Watermark, 1993) y su edición revisada City of Darkness Revisited (2014). Web del proyecto: cityofdarkness.co.uk.
- Kowloon Walled City Park, web oficial del Departamento de Ocio y Servicios Culturales de Hong Kong (en inglés).
- Ciudad amurallada de Kowloon, en Wikipedia.