Qué es un “espacio liminal”
Cuando hablamos de espacios liminales nos referimos a lugares que no son ni un destino ni un punto de partida, sino un “entre”. No son el salón donde convivimos ni la plaza donde nos encontramos, sino el pasillo que conecta ambas, el vestíbulo en el que esperamos o el andén que anuncia un viaje que todavía no ha comenzado.
La palabra liminal proviene del latín limen, que significa “umbral” o “frontera”. La Real Academia Española define “umbral” como el “inicio de un estado o asunto”. Esa definición encaja perfectamente con lo que evocan los espacios liminales: inicios, transiciones, estados de suspensión.
A diferencia de otros conceptos arquitectónicos o culturales, lo liminal no está en el objeto o en el espacio en sí, sino en la experiencia que genera. El mismo pasillo puede ser simplemente un lugar de paso en hora punta, lleno de movimiento, o convertirse en un espacio liminal si lo encontramos vacío, iluminado por luces frías y silencioso.
El umbral como idea de tránsito: ambigüedad, alerta, expectación.
Los umbrales han sido históricamente símbolos de transición. En muchas culturas, cruzar una puerta o un arco implicaba un cambio de estatus, una iniciación o el comienzo de algo nuevo. El simple hecho de pasar de la calle al hogar, o del exterior al interior, siempre ha estado cargado de significados simbólicos. En la antigua Roma, el dios Jano (representado con dos caras) presidía los umbrales y las transiciones. Era el guardián de puertas y comienzos, una clara metáfora de lo liminal: lo que mira hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo.
Este trasfondo cultural ayuda a entender por qué los espacios liminales despiertan emociones ambiguas. No nos sentimos plenamente dentro ni fuera, seguros ni inseguros. Nos situamos en un terreno intermedio, inestable, expectante.
Características de los espacios liminales
Para diferenciar un espacio liminal de un simple espacio vacío, conviene fijarse en sus características comunes:
- Transición: siempre conecta un lugar con otro, nunca es un fin en sí mismo. Ejemplo: un pasillo de hotel. No es destino, pero sin él no se llega a ninguna habitación.
- Ambigüedad temporal: parecen suspendidos en el tiempo. Ejemplo: una sala de espera vacía de noche, con relojes detenidos o sin referencias horarias.
- Ausencia de actividad humana: son lugares pensados para usarse colectivamente, pero los percibimos en soledad. Ejemplo: un parque infantil vacío al amanecer.
- Sensación de espera: invitan a pensar que algo debería ocurrir, pero no ocurre. Ejemplo: un aeropuerto sin vuelos programados, con las pantallas apagadas.
- Estética extrañamente familiar: son entornos cotidianos, pero que, al mostrarse descontextualizados, se vuelven inquietantes.
Origen antropológico: ritos de paso y liminalidad social
El término liminalidad tiene sus raíces en la antropología. En 1909, Arnold van Gennep publicó Les Rites de Passage, donde describía cómo las sociedades estructuran los momentos de transición en tres fases:
Separación: el individuo se aparta de su estado anterior (por ejemplo, dejar la infancia).
Liminalidad: se encuentra en un estado intermedio, sin pertenecer a la etapa anterior ni a la siguiente.
Reincorporación: finalmente se integra en la nueva etapa (adultez, matrimonio, etc.).
Décadas más tarde, el antropólogo Victor Turner retomó la idea y la aplicó a fenómenos sociales. Para Turner, la liminalidad es un espacio-tiempo donde se disuelven jerarquías y estructuras, generando lo que llamó “communitas”: un sentimiento de igualdad y unión en la experiencia de transición. De ahí podemos trazar un puente con los espacios físicos: así como los ritos de paso son “entre-etapas”, los espacios liminales son “entre-lugares”.
Los “no lugares” de Marc Augé
Un concepto paralelo que ayuda a contextualizar lo liminal es el de “no lugar”, desarrollado por el antropólogo francés Marc Augé en su obra Los no lugares: espacios del anonimato (1992). Para Augé, los no lugares son aquellos espacios de la modernidad tardía en los que las personas pasan, pero no permanecen. Ejemplos claros son:
- Aeropuertos
- Autopistas
- Centros comerciales
- Estaciones de servicio
Son espacios diseñados para el tránsito, carentes de identidad, historia o pertenencia. No son ni el hogar ni el espacio público tradicional de encuentro.
Aunque no lugar y espacio liminal no son lo mismo, comparten rasgos: ambos están vinculados al tránsito y a la ambigüedad. La diferencia es que el espacio liminal enfatiza la experiencia subjetiva, mientras que el no lugar se define desde lo funcional y social.
El salto a Internet, la cultura visual… y a Tik Tok
El concepto de “espacio liminal” pasó de lo académico a la cultura digital en la última década. Plataformas como Reddit, Tumblr o TikTok impulsaron la difusión de miles de fotografías bajo etiquetas como liminal space aesthetic.
¿Qué imágenes suelen circular?
- Pasillos de escuelas vacías.
- Centros comerciales cerrados.
- Piscinas interiores iluminadas por fluorescentes.
- Oficinas sin personas, pero con luces encendidas.
Lo que todas comparten es la capacidad de despertar en el espectador una mezcla de nostalgia, extrañeza y fascinación.
Este fenómeno cultural conectó con estéticas digitales como el dreamcore (imágenes oníricas y etéreas) y el weirdcore (distorsiones inquietantes de entornos familiares). La unión de lo digital y lo liminal abrió la puerta a comunidades enteras dedicadas a recopilar y reinterpretar este tipo de escenarios.
¿Por qué nos atraen? la paradoja de lo liminal, entre gusto y malestar
Una de las claves del interés por los espacios liminales es la paradoja emocional que despiertan. No son bellos en el sentido clásico, ni aterradores en el sentido pleno. Están justo en el medio:
- Atraen porque evocan recuerdos y despiertan la imaginación.
- Inquietan porque rompen con nuestras expectativas de actividad y compañía en espacios públicos o colectivos.
Este doble efecto se explica también desde la psicología. Freud habló de lo “siniestro” (das Unheimliche): aquello que siendo familiar resulta extraño, como un muñeco que parece demasiado humano o una casa vacía que conserva huellas de vida. Los espacios liminales entran directamente en esta categoría.
¿Por qué nos impactan? las «fortalezas» de los espacios liminales
Uno de los motivos por los que los espacios liminales resultan tan poderosos es que apelan directamente a nuestros sentidos. La percepción del entorno cambia radicalmente cuando las condiciones no son las esperadas.
El silencio como protagonista
Un espacio liminal suele estar marcado por la ausencia de ruido humano. Estamos acostumbrados a que los pasillos escolares resuenen con voces, que los centros comerciales estén llenos de música ambiental y que las estaciones vibren con anuncios y maletas rodando. Cuando todo ese sonido desaparece, emerge un silencio espeso que convierte lo cotidiano en extraño.
Ese silencio no es neutro, puede ser inquietante, como en un hospital vacío por la noche. O meditativo, como en una biblioteca cerrada que aún conserva olor a papel. En ambos casos, el silencio hace que el espacio adquiera un carácter distinto, casi autónomo.
La luz y la hora liminal
Otro elemento clave es la iluminación. Los espacios liminales suelen estar bañados por luces artificiales —fluorescentes, lámparas de sodio, neones— o por condiciones naturales de transición, como el amanecer o el crepúsculo.
En fotografía, se habla de la hora azul: esos minutos antes de salir el sol o después de ponerse, cuando el cielo adquiere tonos fríos y todo parece suspendido. Los espacios fotografiados en este momento se vuelven más etéreos, más lejanos a lo real.
La escala y la proporción
Muchos espacios liminales resultan desorientadores por su escala. Demasiado grandes para ser acogedores (aparcamientos subterráneos, hangares). Demasiado pequeños para sentirse cómodos (pasillos angostos, ascensores).
«Consecuencias emocionales» de lo liminal
Más allá de los sentidos, los espacios liminales generan una serie de emociones difíciles de catalogar en positivo o negativo.
Extrañeza familiar, el “uncanny”
Sigmund Freud acuñó el término das Unheimliche, traducido como “lo siniestro” o “lo inquietante familiar”. Se refiere a aquello que, siendo conocido, se percibe como extraño. Un pasillo de hotel iluminado y vacío encaja perfectamente en esta categoría: no hay nada anómalo en él, pero la falta de personas y la repetición de puertas lo transforman en algo perturbador.
Nostalgia y memoria
Otra emoción frecuente es la nostalgia. Muchas imágenes de espacios liminales recuerdan a escenarios de la infancia: escuelas, parques de atracciones, piscinas municipales. Verlos desiertos nos conecta con recuerdos vagos, casi soñados, que generan una mezcla de melancolía y fascinación.
Ansiedad y expectativa
Los espacios liminales también despiertan una ligera ansiedad. No son lugares en los que se supone que debamos quedarnos mucho tiempo: un andén está hecho para esperar unos minutos, no horas; un ascensor, para segundos, no para conversaciones. Al prolongar artificialmente esa estancia (ya sea en la realidad o en una fotografía), aparece una sensación de incomodidad, como si estuviéramos transgrediendo una norma implícita.
El entre-ser
El filósofo Martin Heidegger hablaba del estar-en-el-mundo como condición fundamental del ser humano. Los espacios liminales nos confrontan con un estar-entre: no pertenecemos al lugar de origen ni al de destino, sino que habitamos un intervalo. Ese “entre-ser” nos recuerda que la vida misma está llena de transiciones: infancia-adultez, trabajo-descanso, vigilia-sueño. El espacio liminal se convierte así en una metáfora material de esos estados intermedios.
Suspensión del tiempo
Muchos describen la experiencia liminal como un estado en el que el tiempo parece detenerse. En una sala de espera vacía o en un aeropuerto sin vuelos, perdemos las referencias habituales: relojes apagados, actividad suspendida, nadie entrando ni saliendo. Ese detenimiento conecta con la idea de “tiempo muerto”, un concepto que también aparece en literatura y cine para señalar momentos de transición narrativa.
¿Por qué se ha puesto de moda? lo liminal en la cultura popular, de la mística al meme
El atractivo de los espacios liminales también se explica por cómo han sido representados culturalmente a lo largo del tiempo.
De lo sagrado a lo cotidiano
En muchas tradiciones religiosas, los umbrales y transiciones eran espacios de lo sagrado; el atrio de un templo como lugar de preparación antes de entrar, o el rito de cruzar un puente como paso simbólico hacia otro estado espiritual.
Hoy, en sociedades más seculares, ese simbolismo se ha trasladado a lo cotidiano: la puerta de un centro comercial iluminado o el pasillo de un hospital de madrugada pueden producir un efecto equivalente de suspensión y respeto.
El fenómeno de los memes liminales
En el ámbito digital, las imágenes de espacios liminales han pasado a convertirse en un género en sí mismo. Memes, recopilaciones y canales enteros de YouTube exploran el malestar y la fascinación de estos escenarios. Ejemplo clave: el fenómeno de The Backrooms, que comenzó como un simple “meme creepypasta” en 2019 y se expandió a videojuegos, series web y cortometrajes. Su éxito se explica porque condensa en un único espacio (oficinas infinitas, amarillas y desiertas) todo lo que hace inquietante a lo liminal.
Nos atraen
En resumen, ¿qué nos hace volver una y otra vez a estas imágenes o a buscarlos en la vida real? Reconexión con la memoria: evocan lugares de nuestra infancia que ya no habitamos. Exploración del malestar seguro: nos permiten experimentar inquietud sin riesgo real. Belleza inesperada: encontramos estética en lo que normalmente no valoramos: un parking, una sala de espera, un túnel vacío. Reflexión sobre lo transitorio: nos recuerdan que la vida misma está llena de “entres”, y que muchas veces esos momentos de tránsito son tan significativos como los de llegada.
¿Dónde podemos verlos? Arquitectura, urbanismo y paisajes liminales
Los espacios liminales en la arquitectura
La arquitectura no solo construye lugares para habitar, trabajar o descansar. También diseña transiciones: pasillos, escaleras, portales, vestíbulos. Esos intermedios, a menudo considerados secundarios, son los que con más frecuencia se convierten en espacios liminales.
- Pasillos: repetitivos, largos, con puertas idénticas. Piensa en los corredores de un hotel o de una escuela.
- Vestíbulos: pensados para recibir, pero inquietantes si están vacíos.
- Escaleras: lugares de transición vertical, cargados de tensión simbólica.
- Parkings subterráneos: espacios amplios, sin ventanas, iluminados artificialmente.
- Hoteles: sus pasillos y salones vacíos han sido inspiración para innumerables películas.
- Estaciones de tren o metro: en horario valle, la ausencia de usuarios los transforma en paisajes liminales.
- Aeropuertos: emblema de lo transitorio; salas de embarque y pasillos infinitos generan la sensación de “entre-destinos”.
Los arquitectos saben que el recorrido importa tanto como la llegada. Elementos como la proporción, la repetición, la iluminación y la acústica definen cómo experimentamos un espacio de tránsito.
Ejemplo: un corredor iluminado con fluorescentes produce sensación fría y mecánica, mientras que un pasillo con luz cálida y música ambiental puede parecer acogedor. En ambos casos, sigue siendo liminal, pero con efectos distintos sobre quien lo recorre.
Urbanismo y “no lugares”
En el urbanismo moderno proliferan los espacios de tránsito que no son destino en sí mismos: carreteras, rotondas, intercambiadores. Muchos de ellos pueden vivirse como espacios liminales, especialmente cuando están desiertos.
- Autopistas de noche: sin tráfico, iluminadas por farolas naranjas.
- Centros comerciales cerrados: diseñados para el consumo masivo, se vuelven fantasmales al apagarse.
- Puentes peatonales: concebidos solo para atravesar, rara vez para quedarse.
- Intercambiadores de transporte: espacios impersonales, con señalética universal y ausencia de rasgos locales.
Otro fenómeno urbano vinculado a lo liminal son los márgenes de la ciudad: polígonos industriales, descampados, zonas intermedias entre lo urbano y lo rural. Estos lugares suelen generar la sensación de no pertenecer a un lado ni a otro, reflejando perfectamente la condición de “entre”.
Hoteles y la estética liminal
El cine ha explorado a fondo la liminalidad en los hoteles. El Resplandor (1980) convirtió el Overlook Hotel en un escenario donde los pasillos infinitos y las salas vacías generan inquietud. La repetición de puertas idénticas y la iluminación artificial subrayan lo perturbador de lo familiar.
Aeropuertos: la espera como experiencia
Los aeropuertos representan el paradigma del espacio liminal contemporáneo. No son lugares en los que vivir ni en los que trabajar (salvo para empleados), sino espacios de espera y tránsito. Sus salas de embarque, pasillos interminables y espacios estandarizados transmiten la sensación de estar en un “no lugar” universal.
Estaciones abandonadas
Las estaciones de tren abandonadas son ejemplos extremos de liminalidad: diseñadas para el movimiento, al quedar vacías se transforman en símbolos del tiempo detenido.
Museos
Los museos y centros de arte utilizan lo liminal como herramienta narrativa. Entre una sala y otra se diseñan espacios de transición que no solo cumplen una función práctica, sino que preparan al visitante para un cambio temático o sensorial. Pasillos oscuros, rampas, escaleras iluminadas o corredores en penumbra se convierten en umbrales hacia nuevas experiencias.
En algunos casos, el espacio de tránsito es tan importante como la sala expositiva: sirve para que el visitante “limpie” su mirada antes de enfrentarse a la siguiente obra. En este sentido, el diseño museográfico abraza conscientemente lo liminal como parte de la experiencia.
Comercio minorista
En el retail, los pasillos y zonas de transición son clave para guiar al consumidor. Aunque no se perciba de forma consciente, los cambios de iluminación, altura o textura del suelo marcan etapas dentro de la experiencia de compra.
Arquitectura corporativa: espacios de espera
Los lobbies de oficinas y las salas de espera también pertenecen al universo liminal. Se diseñan para estar temporalmente, sin personalización ni identidad propia. Suelen compartir elementos: sofás genéricos, relojes, música ambiental neutra.
En el imaginario popular, estas salas se han convertido en metáforas de la espera burocrática o incluso de lo existencial: un lugar donde el tiempo no parece avanzar.
Lo liminal en los videojuegos
Los videojuegos son un terreno fértil para la estética liminal. El jugador atraviesa constantemente espacios de transición —pasillos, pasajes, vestíbulos— y los diseñadores pueden usarlos para provocar emociones específicas.
Ejemplos destacados
- Silent Hill: sus pasillos interminables, envueltos en niebla y silencio, convirtieron lo cotidiano en una fuente de terror psicológico.
- Control (2019): la “Casa Inmemorial” es un edificio gubernamental en el que oficinas, pasillos y salas se repiten de forma infinita y cambiante.
- Half-Life y Portal: laboratorios vacíos, pasajes industriales y salas técnicas que transmiten aislamiento.
- Minecraft: servidores abandonados o generados aleatoriamente producen atmósferas liminales sin necesidad de guion.
- The Backrooms (adaptación): convierte el meme en experiencia jugable, explorando corredores infinitos y amenazantes.
Por qué funciona en el videojuego
Los espacios liminales en videojuegos explotan la dualidad entre exploración y ansiedad. El jugador siente curiosidad por avanzar, pero el entorno, vacío y extraño, le transmite un malestar sutil. No hay monstruos explícitos: es el propio espacio el que se convierte en protagonista del terror o de la fascinación.
Críticas, matices y riesgos de banalización
Como ocurre con cualquier fenómeno cultural, el auge de lo liminal también ha generado críticas y reflexiones.
No todo vacío es liminal
Un error común es pensar que cualquier espacio vacío transmite liminalidad. No basta con que no haya gente: hace falta contexto, transición y ambigüedad temporal. Una plaza desierta puede ser simplemente eso; un pasillo escolar vacío en verano, en cambio, activa recuerdos y expectativas que lo convierten en liminal.
Riesgo de estetizar la precariedad
Algunas críticas señalan que la estética liminal puede romantizar espacios de abandono o precariedad urbana. Fotografiar edificios en ruinas o estaciones cerradas puede obviar las causas sociales detrás de esa situación. Es importante diferenciar entre la apreciación estética y la realidad social de esos espacios, para no caer en una visión superficial.
Saturación en redes sociales
Otro riesgo es la banalización. Con el boom en redes, muchas imágenes se repiten hasta la saciedad: pasillos amarillos, piscinas vacías, oficinas abandonadas. Esto puede diluir la potencia conceptual del fenómeno y reducirlo a una moda pasajera. Para mantener su riqueza, es clave explorar nuevas perspectivas: lo liminal en lo natural, en lo sonoro, en lo poético.




