Retratos de jazz: la puerta que Murakami te deja entreabierta

En 1963, un adolescente de Kobe que hasta entonces solo conocía la radio y el rock compró, sin saber muy bien por qué, una entrada para ver a Art Blakey & The Jazz Messengers. No tenía ni idea de qué era el jazz. Escuchó dos temas que reconocía, “It’s Only a Paper Moon” y “Three Blind Mice”, pero estirados, rotos y encogidos hasta parecer otra cosa. No entendió el motivo de tanto capricho, pero salió de la sala con algo removido por dentro y se fue derecho a comprar su primer disco. Ese chaval era Haruki Murakami, y esa tarde tonta e inexplicable es, más o menos, el argumento entero de Retratos de jazz (Tusquets, 2025), el libro que ha escrito junto al ilustrador Makoto Wada.
Murakami no llegó al jazz por vía académica. Llegó por casualidad, se quedó a vivir dentro y durante cinco años regentó junto a su mujer un pequeño local en Tokio, Peter Cat, donde de día servía café y de noche programaba directos, y donde de paso escribió su primera novela porque el curro le dejaba jazz de la mañana a la noche. Ese dato biográfico importa menos como anécdota de contraportada que como explicación de todo lo que viene después: el libro está escrito por alguien que ha vivido la música desde la barra, no desde la ficha técnica.
Retratos de jazz son cincuenta y cinco semblanzas breves de músicos, cada una con un retrato de Wada (que se enamoró del género viendo a Danny Kaye hacer de melómano converso en una película de los años cuarenta) y un disco recomendado, sacado de la colección personal de Murakami, que en muchos casos no es ni de lejos el más “correcto” de la discografía del artista. Elige The Bridge de Sonny Rollins en vez de algo más canónico, se queda con un directo tardío de Dexter Gordon en lugar de su etapa dorada, y a Mingus lo cuela por la puerta de atrás, a través de un bar de Shinjuku donde trabajó de joven y que llevaba el nombre de uno de sus discos. No es una guía objetiva. Es un mapa hecho de memoria.
Y ahí está lo bueno del libro, y lo que de verdad importa por encima de sus fichas biográficas: Murakami no hace wikipedismo. No enumera premios, discografías completas ni datos que cualquiera puede sacar de una búsqueda de treinta segundos. Cuenta lo que le provocó cada disco, en qué momento de su vida lo escuchó, qué tenía alrededor cuando sonaba. Eso es lo que uno quiere de un libro escrito por un aficionado y no por un crítico que analiza la música en frío, como si describir un acorde bastara para explicar por qué te cambió una tarde. A quien busque una historia aséptica del jazz, con la técnica y la cronología en su sitio, este libro le va a parecer flojo, y en parte tiene razón: hay capítulos que se dispersan, que se van a hablar de una chaqueta o de una portada de disco y se olvidan un poco del músico que los encabeza. Es desigual, sí. Pero también es exactamente lo que promete.
Lo mejor que se le puede pedir a un libro así no es que sea completo, sino que sea un hilo del que tirar. Retratos de jazz funciona como eso: un puñado de atajos, cincuenta y cinco puertas entreabiertas hacia un océano que de otra forma intimida. Murakami no te va a explicar el jazz. Te va a contar por qué a él, una tarde cualquiera, un contrabajo le recordó un barrio entero. El resto, cruzar la puerta, te toca a ti.