Ganzfeld: el experimento con el que la CIA intentó leer mentes con pelotas de ping-pong

Hombre sentado en una silla con medias pelotas de ping pong sobre los ojos y auriculares, iluminado en rojo, recreando el protocolo del experimento Ganzfeld de privacion sensorial

Hay un documento en los archivos desclasificados de la CIA, sello de aprobación fechado el 15 de agosto de 2000, número de expediente CIA-RDP96-00792R000700960003-3, que no habla de espías, ni de satélites, ni de nada que uno esperaría encontrar en una carpeta con ese membrete. Habla de cuarenta y una personas sentadas en una silla reclinable, con medias pelotas de ping-pong pegadas sobre los ojos, escuchando ruido blanco por unos auriculares, durante treinta y cinco minutos, en un laboratorio de la Universidad de Utrecht.

Eso es el experimento Ganzfeld. Y sí, la CIA se lo tomó en serio. Durante años.

Qué es el Ganzfeld, o cómo aburrir a un ojo hasta que alucine

Ganzfeld es una palabra alemana que significa, literalmente, «campo entero» o «campo homogéneo». La acuñó en los años treinta Wolfgang Metzger, psicólogo de la Gestalt, para describir algo tan simple como inquietante: un campo visual completamente uniforme, sin bordes, sin contraste, sin nada a lo que agarrarse. Un cielo despejado y sin nubes es Ganzfeld. La niebla cerrada también.

Metzger descubrió que, cuando a un ojo no le queda ni una sola arista que enfocar, empieza a pasar algo raro: el cerebro deja de recibir información y empieza a inventarla. La visión, literalmente, se apaga durante unos segundos y luego vuelve cargada de formas que no estaban ahí.

Cuatro décadas después, alguien tuvo una idea todavía más rara: ¿y si ese vacío sensorial no solo generaba alucinaciones, sino que abría una rendija por la que se colaba algo más? Algo como la mente de otra persona.

El protocolo: pelotas de ping-pong, luz roja y una revista

En 1974, el parapsicólogo Charles Honorton y su colega Sharon Harper publicaron el primer experimento Ganzfeld completo pensado para probar la telepatía. El montaje, con variaciones menores, es siempre el mismo desde entonces, y es el que aparece en esa misma familia de experiencias de percepción alterada que ya hemos rondado antes en El Hipnótico.

Un «receptor» se tumba en una silla reclinable, en una sala insonorizada. Le cortan una pelota de ping-pong por la mitad, cada mitad sobre un ojo, y encima le enfocan una luz roja suave para que el campo visual quede completamente uniforme, sin forma que reconocer. Por los auriculares le entra ruido blanco, ese siseo constante de televisor mal sintonizado. Treinta minutos así, a solas con su propio cerebro.

En otra habitación, aislado, hay un «emisor» mirando una imagen (en los experimentos clásicos, recortes de la revista National Geographic) e intentando, con la sola fuerza de la concentración, transmitírsela mentalmente al receptor. El receptor, mientras tanto, narra en voz alta todo lo que le viene a la cabeza: imágenes, sonidos, sensaciones sueltas.

Al final, le enseñan cuatro imágenes y tiene que señalar cuál cree que le estaban enviando. Por puro azar, acertaría una de cada cuatro veces: un 25%. Honorton, sumando datos entre 1974 y 2004, aseguró rondar el 34%. Nueve puntos por encima del azar no suena a mucho, pero en estadística, repetido miles de veces, empieza a ser difícil de ignorar.

La CIA se sienta en la silla

Y aquí es donde entra el documento con el que empezamos. No es una filtración ni un montaje: es un informe académico real, firmado por A.C. van Dalen, L.R.B. Dias, J.M.J. Murre y S.A. Schouten, del Laboratorio de Parapsicología de la Universidad de Utrecht, y forma parte de los cientos de miles de páginas que la CIA desclasificó sobre Stargate, el programa secreto con el que la agencia estadounidense investigó, durante casi dos décadas de Guerra Fría, si la percepción extrasensorial podía servir para algo tan poco esotérico como espiar satélites soviéticos.

El estudio en cuestión, titulado sin rodeos «A Prototypical Ganzfeld Psi Experiment with a Control Condition», tiene todo el aparataje que uno esperaría de ciencia seria, y no de una sesión de médium. Un generador Schmidt para aleatorizar qué imagen tocaba en cada sesión. Un plan de tres experimentadores distintos, diseñado específicamente para que ninguno de ellos pudiera, sin querer, filtrarle una pista al receptor. Un banco de 80 imágenes recortadas de National Geographic, pegadas sobre cartulina blanca.

Cuarenta y una personas pasaron por la silla. Ninguna había hecho un Ganzfeld antes. Y el resultado, dicho sin adornos por los propios investigadores, fue un fracaso: no encontraron ninguna evidencia de percepción extrasensorial, ni en la condición Ganzfeld ni en la de control. Cero.

Lo que sí encontraron fue algo mucho más interesante para quien no cree en la telepatía: un mapa detallado de qué le hace el aislamiento sensorial a una mente normal durante media hora. Y ahí es donde la cosa se pone rara de verdad.

Aviones que no existen y el mareo de no ver nada

Los investigadores de Utrecht le pidieron a cada sujeto que, después de la sesión, marcara en una lista de palabras cuáles describían mejor lo que había sentido. El resultado fue, palabra por palabra, un pequeño diccionario del malestar.

Las que más se repetían en la condición Ganzfeld tenían connotaciones negativas: «mareante», «irritante», «confuso». Otra, más neutra pero igual de reveladora, aparecía una y otra vez: «da sueño». Nada de viajes místicos ni revelaciones cósmicas. Más bien la sensación de estar atrapado dentro de un televisor sin señal.

Y luego estaba el ruido blanco, ese siseo constante que se supone que no significa nada. El informe apunta, casi de pasada, que varios sujetos juraron haber oído agua corriendo, o el motor de un avión, atribuyéndoselo directamente al zumbido de los auriculares. El oído, exactamente igual que el ojo con su campo homogéneo, no soporta el vacío: si no hay nada que escuchar, empieza a construir sonidos que no están ahí.

Es el mismo mecanismo, documentado también en la cámara anecoica que ya contamos en El silencio absoluto: cuando el cerebro deja de recibir estímulos externos, no se relaja. Se pone a trabajar el doble, amplificando cualquier señal residual (retiniana, auditiva, la que sea) hasta convertirla en algo que parece real. No es magia. Es un órgano diseñado para procesar información al que, de repente, le han cortado el suministro.

La guerra de los números que nunca se cerró

El estudio de Utrecht no fue un caso aislado. Fue una réplica más dentro de una disputa científica que lleva medio siglo abierta y que, a día de hoy, sigue sin ganador claro.

En 1985, el psicólogo Ray Hyman, uno de los escépticos más rigurosos del fenómeno, publicó un metaanálisis de los experimentos Ganzfeld existentes y encontró fallos metodológicos serios: salas mal aisladas, aleatorización cuestionable, sesgos en cómo se elegía qué imagen enseñar primero. Honorton respondió con su propio metaanálisis, defendiendo que el efecto se sostenía incluso descontando los estudios más flojos.

En 1986 ambos firmaron algo insólito para dos rivales científicos: un «Comunicado Conjunto» en el que reconocían que ninguno de los dos podía zanjar la discusión con los datos disponibles, y pedían protocolos más estrictos para el futuro.

El futuro tampoco ayudó demasiado. En 1999, un metaanálisis de Julie Milton y Richard Wiseman revisó treinta experimentos posteriores hechos en otros laboratorios y no encontró ningún efecto significativo. Dos años después, Daryl Bem (el mismo psicólogo que después se haría tristemente famoso por un estudio sobre precognición muy criticado), junto a John Palmer y Richard Broughton, reclasificó esos mismos datos con otros criterios y volvió a encontrar una desviación estadística difícil de explicar solo por azar.

Cincuenta años, miles de sesiones con pelotas de ping-pong sobre los ojos, y la ciencia sigue exactamente donde empezó: sin poder afirmarlo, sin poder descartarlo del todo.

El escándalo que casi hunde el experimento

Si algo empeoró la reputación del Ganzfeld más que cualquier metaanálisis fue un episodio bastante más sórdido. En 1979, la investigadora Susan Blackmore (hoy una de las voces más críticas con la parapsicología, aunque empezó siendo creyente) visitó el laboratorio de Carl Sargent en Cambridge, uno de los nombres con mejores resultados Ganzfeld de la época.

Lo que encontró allí no fue ninguna prueba de telepatía: fueron irregularidades graves en cómo se manejaba la aleatorización y, según su relato, indicios de que los resultados se habían maquillado. Blackmore tardó ocho años en publicar lo que había visto, pero cuando lo hizo, en 1987, el nombre de Sargent quedó marcado de por vida dentro del campo, y él mismo terminó abandonando la investigación.

Es el peligro real de este tipo de experimentos, más allá de cualquier pelota de ping-pong: cuando el resultado que buscas es tan sutil que necesitas miles de intentos y estadística fina para verlo, la línea entre un buen dato y un dato «ayudado» se vuelve peligrosamente delgada.

Lo que queda: de la telepatía al spa

Aquí está la paradoja final, la más curiosa de todas. El Ganzfeld nació para demostrar algo que, seis décadas después, sigue sin demostrarse. Y sin embargo, el experimento en sí no ha desaparecido: ha cambiado de bando.

Hoy la neurociencia usa exactamente el mismo montaje (privación visual y auditiva uniforme) no para buscar fantasmas mentales ajenos, sino para estudiar cómo el propio cerebro construye la realidad antes incluso de recibir información sensorial. Sin nada nuevo que contrastar, el cerebro le da rienda suelta a su modelo interno del mundo, y ese modelo, sin frenos, empieza a alucinar solo. Flores de colores, paisajes urbanos vacíos, medusas, una avenida después de la lluvia: los relatos de sujetos Ganzfeld se parecen más a un diario de sueños que a un informe científico.

La técnica sobrevive, rebautizada y despojada de su ambición paranormal, en los tanques de flotación y las cámaras de privación sensorial que hoy se venden como experiencia de bienestar. Con una advertencia seria que rara vez se lee en el folleto: no se recomienda a personas con antecedentes de episodios psicóticos, precisamente porque nadie sabe con certeza qué modelo interno de la realidad va a soltar un cerebro al que de repente se le apaga todo lo de fuera.

Sigue sin haber una sola prueba sólida de que alguien, alguna vez, haya leído la mente de otra persona sentado en esa silla. Pero cuarenta y un desconocidos en Utrecht, en un experimento que la propia CIA guardó en un cajón durante años, sí que oyeron aviones que no estaban ahí. Y esa parte, esa sí, está perfectamente documentada.