La extraña genealogía de Kyuss

En 1987, en mitad del desierto de Palm Desert, California, unos adolescentes remolcaban generadores de gasolina hasta descampados donde no llegaba ni la señal de teléfono.
Ningún club los quería. Así que inventaron el suyo: amplificadores enchufados a un generador, cerveza caliente y un puñado de curiosos que se habían enterado de boca en boca.
No había carteles ni indicaciones. Conducías durante horas por carreteras sin nombre hasta que, en mitad de la negrura, aparecía una sola luz halógena colgada de un poste. Ese era el único mapa.
Las llamaban generator parties. Ese grupo de chavales todavía no se llamaba Kyuss.
Antes fueron Katzenjammer, y luego Sons of Kyuss. El nombre definitivo lo escogió el batería Brant Bjork, sacado de un monstruo de un manual de Dungeons & Dragons.
La formación original la completaban John Garcia a la voz, Josh Homme a la guitarra y Chris Cockrell al bajo. Apenas tenían veinte años de media.
Y sin embargo ya sonaban como si llevaran el desierto entero metido en el amplificador.
Homme era el callado, el que llegaba antes a ensayar. Garcia tenía el registro de barítono más grave que se había oído en una banda de veinteañeros. Bjork, inquieto y con vocación de filósofo de playa, marcaba el pulso lento y pesado que definiría el género entero.
Ese sonido no salió de un plan. Salió de tocar sin clubs, sin público exigente, sin nadie que les dijera cómo debía sonar una banda de rock en 1990.
El desierto de California ya tenía tradición en esto. Unos años antes, los festivales clandestinos de Desolation Center habían demostrado que la nada podía ser el mejor escenario posible.
Antes de Kyuss: el padrino del desierto
Antes de Kyuss ya sonaba Yawning Man, formada en 1986 por los primos Mario Lalli y Larry Lalli junto a Mario Arce y Alfredo Hernández a la batería, el mismo nombre que reaparecerá más adelante en esta historia. Tocaban instrumentales larguísimos, sin cantante, puro paisaje.
Homme, Bjork y Garcia todavía eran unos críos cuando se colaban a verlos tocar en esas mismas fiestas con generador. Años después, Homme diría de Lalli que era «el tipo que siempre se merecía más crédito por todo», alguien que «siempre iba unos años por delante» y que lo hacía «por amor al arte, sin esperar nada a cambio».
Mario Lalli nunca dejó el desierto ni buscó la fama. Siguió tocando con Fatso Jetson, otra institución local, y hasta llegó a colaborar más tarde con Queens of the Stone Age. Si esta genealogía tiene patriarca, es él, aunque casi nadie fuera de la escena sepa su nombre.
Blues for the Red Sun: la cumbre irrepetible
Antes de la obra maestra hubo tanteo. El EP Sons of Kyuss (1990) y el álbum Wretch (1991) ya tenían el peso y la actitud, pero sonaban infantiles, casi torpes, como una banda todavía buscando su propio idioma.
Chris Goss, que ya rondaba la escena, describió aquel sonido sin pulir como «estar sentado en mitad de una bolera mientras las bolas ruedan por la madera». Le suplicó a la discográfica que le dejaran producir el siguiente disco. Se lo concedieron.
La cumbre llegó en 1992 con Blues for the Red Sun. Se grabó en tres semanas en los Sound City Studios de Van Nuys, con Goss (líder de Masters of Reality) como productor.
Homme afinó su guitarra dos tonos por debajo y la enchufó a un amplificador de bajo, un Ampeg 8×10 movido por una cabeza Marshall JCM900. El resultado fue un muro grave, arenoso, casi geológico: menos riff clásico de metal que placa tectónica moviéndose despacio.
Ese disco inventó, casi sin proponérselo, lo que hoy llamamos stoner rock. Y sigue siendo, para nosotros, su techo: nadie ha vuelto a capturar ese sonido árido con esa naturalidad, ni siquiera ellos mismos.
Blues for the Red Sun iba dedicado al padre del bajista Nick Oliveri, fallecido en un accidente de coche el año anterior, aunque nada en las letras lo dejara ver.
Entre los catorce cortes del disco hay uno instrumental llamado «Mondo Generator». Nadie le prestó demasiada atención entonces. Ese título volvería a aparecer en esta historia, mucho más tarde y por otra vía.
Dos años después llegó Welcome to Sky Valley (1994), un disco hermano pero distinto: más expansivo, casi cósmico, con canciones que se encadenan sin pausa entre sí.
De hecho, en el CD original ni siquiera hay diez pistas separadas: hay tres, cada una agrupando varias canciones en un único movimiento continuo. Kyuss no quería que nadie escuchara aquello a trozos, saltando temas.
Si Blues for the Red Sun era polvo y grava, Welcome to Sky Valley era ya horizonte abierto.
En esa mutación empezó la fractura. Bjork dejó la banda en 1993, cansado de las presiones comerciales de la discográfica.
Le sustituyó Alfredo Hernández a la batería, el batería fundador de Yawning Man. Mientras tanto, Scott Reeder ya se había hecho cargo del bajo tras el breve paso de Oliveri.
Kyuss grabó un último disco, …And the Circus Leaves Town (1995), y se disolvió poco después. Ninguna gran pelea pública, ningún titular. Simplemente, se apagaron como se apaga un generador cuando se acaba la gasolina.
Y ahí es donde empieza lo interesante: una banda que apenas vendió discos en su momento se convirtió en la raíz de media escena de rock de las dos décadas siguientes.
Queens of the Stone Age: el heredero pulido
Homme se fue a Seattle. Grabó demos bajo el nombre de Gamma Ray junto al batería de Soundgarden, Matt Cameron, pero tuvo que cambiarlo porque ya existía una banda de power metal alemana con ese nombre.
El nuevo nombre nació como una broma del propio Chris Goss durante las sesiones de Kyuss. Así nació, en 1997, Queens of the Stone Age.
El propio Homme describió su sonido como «robot rock»: riffs más angulares y precisos, menos fuzz suelto, estructuras que dejan sitio a un estribillo pegadizo. Donde Kyuss improvisaba en el desierto sin reloj, Queens compone con la precisión de quien ya sabe que va a sonar en la radio.
Oliveri se incorporó al bajo justo después de terminarse de grabar el disco debut, así que ni siquiera suena en él. Aun así se convertiría en la imagen salvaje de la banda durante años, antes de que Homme lo despidiera de forma abrupta en 2004.
Chris Goss tampoco se fue muy lejos. Coprodujo con Homme el segundo disco de Queens, Rated R (2000), y siguió echando una mano en el tercero, Songs for the Deaf (2002). El productor que había definido el sonido de Kyuss volvía a estar detrás del mando, ahora afinando el de su heredero.
En ese mismo Rated R apareció una voz nueva: la de Mark Lanegan, cantante de Screaming Trees. Homme lo había conocido en 1996, cuando hizo de guitarrista de gira para esa banda tras la disolución de Kyuss.
Lanegan pasó de invitado a miembro de pleno derecho entre 2001 y 2005, cantando en Songs for the Deaf y en Lullabies to Paralyze. Su voz, quebrada y grave, es casi el reverso vocal del barítono de Garcia: donde uno rugía, el otro susurraba con la garganta rota.
Dejó la banda en 2005 para centrarse en su propia carrera, con un disco propio, Bubblegum, ya terminado. Volvería años más tarde, como invitado puntual, pero nunca como miembro fijo.
Tras el despido, Oliveri fundó su propio proyecto y lo llamó Mondo Generator, recuperando el título de aquel instrumental olvidado de Blues for the Red Sun. Un nombre que ya llevaba escondido en el disco veinte años antes de convertirse en otra banda.
Ese mismo Alfredo Hernández, el batería de Yawning Man que luego sustituyó a Bjork en Kyuss, terminó grabando la batería del disco debut de Queens en 1998. El mismo hombre que tocaba antes de que Kyuss existiera seguía ahí después de que Kyuss se acabara.
Desde entonces, la banda ha sido una puerta giratoria de nombres del desierto: Troy Van Leeuwen, Dean Fertita, Michael Shuman y Jon Theodore componen la formación actual.
Dave Grohl se sentó a la batería en el disco …Like Clockwork (2013), y esa colaboración cuajó en otra ramificación más: Homme, Grohl y el bajista de Led Zeppelin, John Paul Jones, formaron el supergrupo Them Crooked Vultures. El árbol de Kyuss ya no crecía solo hacia el desierto.
Eagles of Death Metal y Rancho de la Luna: la broma que echó raíces
Homme, mientras tanto, llevaba una doble vida musical. En 1998 fundó Eagles of Death Metal junto a Jesse Hughes, amigo de la infancia también de Palm Desert.
El nombre surgió de una broma de bar: alguien bailaba una canción de Scorpions y la llamó «death metal». Homme respondió que aquello era, más bien, «the eagles of death metal». No hay una sola nota de death metal en su música, y esa contradicción es parte de la broma.
Sonaban, de hecho, a lo contrario: garage rock sucio, boogie, un poso glam y algo de blues pantanoso. El propio Homme lo resumió una vez como «slide de bluegrass mezclado con ritmos de estríper y voces a lo Canned Heat».
Hughes es puro exceso escénico, un predicador de gafas de sol que se entrega al público como si cada concierto fuera el último. Homme, con Queens ya consolidada, entra y sale de la banda cuando puede: dijo una vez que era como tener una «esquizofrenia musical» repartida entre dos grupos.
Esa broma de bar tuvo, años después, un capítulo que nadie hubiera imaginado. El 13 de noviembre de 2015, Eagles of Death Metal tocaban en la sala Bataclan de París cuando un atentado terrorista interrumpió el concierto. Murieron 89 personas, entre ellas Nick Alexander, el técnico de merchandising de la banda.
Tres meses después, la banda volvió a subirse a un escenario en París, esta vez en el Olympia, ante casi 900 supervivientes y familiares de las víctimas. Ninguna genealogía de bandas prepara a nadie para algo así.
El guitarrista Dave Catching conecta de forma casi literal todas las ramas de este árbol: tocó en la primera grabación de Queens of the Stone Age, toca hoy en Eagles of Death Metal, y es el dueño de Rancho De La Luna, el estudio de Joshua Tree donde se ha grabado buena parte de la escena del desierto.
Fue justo ahí, en agosto de 1997, donde Homme montó las Desert Sessions: no una banda, sino un colectivo que se encierra unos días en el rancho y graba lo que salga, sin plan ni etiqueta. La primera tanda reunió a músicos de Monster Magnet, Goatsnake, Earthlings? y el propio Kyuss.
Por allí han pasado, entre otros, Bjork, Oliveri, PJ Harvey, Lanegan otra vez, Twiggy Ramirez, Les Claypool y el batería de Soundgarden Ben Shepherd. Doce volúmenes después, el proyecto ganó un Grammy en 2021 al mejor empaquetado de grabación.
No es solo una genealogía de apellidos compartidos. Es también un mismo puñado de habitaciones, amplificadores y noches de estudio reutilizados una y otra vez.
Brant Bjork y John Garcia: las dos ramas que se quedaron en el desierto
Bjork, por su parte, tomó el camino más silencioso. Se unió a Fu Manchu entre 1997 y 2002 y después empezó una carrera en solitario con Jalamanta (1999), firmada ya como Brant Bjork and the Bros.
Se autodefine como el «Desert Boogie Man». Su sonido es el más funky y el menos urgente de toda esta genealogía: grooves lentos, guitarras que respiran, una voz que suena a domingo por la tarde más que a generador encendido a medianoche.
Nunca ha perseguido el éxito de sus antiguos compañeros. Sigue grabando discos de rock desértico sin prisa, casi como si el reloj de las generator parties no hubiera dejado de correr para él.
Ha publicado más de una docena de discos desde entonces, entre ellos Black Power Flower (2014) y Bougainvillea Suite (2020), y en 2008 montó su propio sello, Low Desert Punk, para no depender de nadie a la hora de publicarlos.
Y luego está Garcia, la voz original, quien tuvo el camino más accidentado de todos. Pasó por Slo Burn, Unida y Hermano antes de intentar, en 2010, resucitar el nombre original con Kyuss Lives!, junto a Bjork, Oliveri y el guitarrista belga Bruno Fevery.
Homme no quiso saber nada del proyecto. Y no se quedó callado: le demandó por el uso del nombre. Ganó el pleito, y la banda tuvo que rebautizarse como Vista Chino en 2013.
Su disco Peace es, de todas las ramas de este árbol, la que más se parece al tronco original: bajo tectónico, guitarra pastosa, voz serrada. Pero suena más frío, más pulido, casi como una reverencia consciente al propio Kyuss en lugar de una continuación natural.
Vista Chino no llegó a grabar un segundo disco. Garcia y Bjork volvieron a chocar y la banda se disolvió hacia 2014, aunque esta vez sin pleitos ni rencores públicos.
Garcia firmó entonces contrato en solitario y, desde 2010, ya giraba por Europa con un cartel que lo decía todo sin rodeos: «John Garcia plays Kyuss». Entre gira y gira, trabaja como técnico veterinario. La voz que rugía en Blues for the Red Sun también sabe sujetar a un perro nervioso en la mesa de un veterinario.
Hay algo casi shakespeariano en eso: cuatro amigos que tocaban gratis en mitad de la nada, tres décadas después peleándose en un tribunal por quién tiene derecho a un nombre sacado de un libro de rol.
Ninguna banda planea convertirse en árbol genealógico. Kyuss ni siquiera llegó a girar por Europa con normalidad, ni vendió lo suficiente para pagar bien a sus músicos.
Pero de ese fracaso comercial salieron un himno de rock radiofónico como «No One Knows», una banda de bar tan gamberra como Eagles of Death Metal, y al menos media docena de discos de culto que nadie en 1992 hubiera imaginado.
Todo eso, y el pleito, y las reconciliaciones a medias, sigue debiéndose a un puñado de generadores encendidos en mitad de la nada.
Si alguna vez conduces por la 62 hacia el este, más allá de Palm Desert, encontrarás un cartel oxidado que dice «Welcome to Sky Valley». No hay nada alrededor.
Ningún escenario, ningún generador, ningún indicio de que ahí se incubó media genealogía del rock de las últimas tres décadas. Solo el desierto, callado, guardando el secreto de por qué ese sonido nunca volvió a repetirse.