Qué decían los viajeros franceses de España en el siglo XIX

Publicado el: 18/05/2024

En 1843, Théophile Gautier publicó «Viaje en España» un libro donde relataba las andanzas de su viaje por la Península de norte a sur. Ese texto tiene un valor crucial, y es que el bueno de Gautier no se mordió la lengua y describió España con una personalísima dedicación. No tuvo reparos en criticar y alabar cualquier cosa que vio, vivió, o degustó. Más allá de filias y fobias, se trata de una oportunidad de oro de ver cómo veían a España desde fuera en el siglo XIX. “¡Con qué gusto iría a España!” es la frase que refleja el deseo por embarcarse en esta aventura y que inicia el relato, “¿Cuándo se va usted?”, le repetían sus amigos. “Entonces me di cuenta que era necesario satisfacer a mis amigos lo antes posible, a no ser que quisiese verme asaltado en todas partes por aquella especie de acreedores”.

El contraste Francia España

El contraste entre Francia y España se hace evidente al cruzar la frontera. Según Gautier, “Al atravesar la frontera me acordé de lo que el ingenioso y excelente Enrique Heine me decía una tarde en que oíamos un concierto de Listz”. Bayona se describe como “casi una ciudad española por el idioma y las costumbres”. Empezando por Urruña y San Juan de Luz, las casas tienen “un aspecto extraño y sangriento, producido por la costumbre de pintar de rojo o de color sangre de toro las ventanas y las puertas de los edificios”.

La gastronomía española

El viaje en coche por los terrenos difíciles se describe con una mezcla de asombro y humor: “El coche a gran velocidad subía y bajaba las pendientes con una facilidad prodigiosa”. La descripción del paisaje español como “encantador, algo suizo, de aspecto muy diverso” resalta la diversidad y belleza natural del país. En una nota humorística, el narrador comenta sobre los puentes en España: “El ser puente español no es fatigoso, no hay oficio más perfecto; se puede estar nueve meses del año en pleno descanso”.

La gastronomía española también recibe atención detallada. La sopa se destaca por su uso del pimentón: “La sopa grasienta, que se diferencia de la nuestra en el pimentón, que la da un tinte rojizo que pudiéramos tomar por una muestra del color local”. La hospitalidad y calidad de la comida en las posadas se aprecia: “La cena, buena y bien servida no se hizo aguardar”.

Aquí llegamos a un punto crítico: el gazpacho. Sus amantes que se tapen los ojos ante la siguiente afirmación: «el gazpacho es una comida que merece una descripción particular… Los perros un poco refinados de nuestro país se negarían seguramente a meter su hocico en semejante comida. Sin embargo, es el plato favorito de los andaluces y las más lindas mujeres no tienen inconveniente en tomar grandes platos de esta sopa infernal

Eso si, los melones de las Alpujarras salen ganando a los franceses: «Apenas se lleva uno un pedazo a la boca, se siente inundado de un agüilla de sabor muy agradable, azucarado, y en nada parecido al de nuestros melones.»

Los toros

La visión romántica y admirativa del narrador sobre las corridas de toros es clara: “Muchas veces se ha dicho que en España se iba perdiendo la afición a los toros y que la civilización acabaría por desterrarla. Si esto fuese verdad tanto peor para la civilización, porque una corrida de toros es uno de los espectáculos más hermosos que puede imaginar un hombre”. La corrida de toros se presenta como un evento cultural profundamente arraigado: “El lunes, día de toros, es día de fiesta. Nadie trabaja, y la ciudad entera se muestra conmovida”. Gautier desafía la opinión de que esta tradición esté en decadencia: “Afortunadamente, este día no ha llegado aún, Y los escritores sentimentales que afirmen lo contrarío no tienen más que trasladarse un lunes, entre cuatro Y cinco de la tarde a la Puerta de Alcalá, para convencerse de que la afición a este espectáculo cruel está muy lejos de anularse”.

El prototipo español

El encuentro con la modernidad y la pérdida de tradiciones se manifiesta en la observación de las mujeres madrileñas y la desaparición de las manolas: “Las madrileñas son encantadoras, en toda la amplitud de la palabra; de cada cuatro, tres son bonitas; pero no responden a la imagen que nosotros podemos formar”. Todo ello se resume en una frase que habla mucho de los estereotipos y del viaje como descubrimiento: “lo que nosotros consideramos en Francia como el tipo español no existe en España, o por lo menos, yo no lo he visto”.

Cómo era Madrid: la Puerta del Sol como nido de vagos, cafés que son tabernas…

La vida cotidiana en Madrid se describe con un tono crítico pero fascinante. Los aguadores, típicos de la ciudad, se presentan con detalle: “Estos ciudadanos no tienen otra tienda que un cántaro de barro y un cesto de mimbre o de hoja de lata que contiene dos o tres vasos, algunos azucarillos y en ocasiones alguna naranja o limones”. La Puerta del Sol se describe como “el punto de cita de todos los vagos de la ciudad, que, por lo visto, contiene bastantes, pues desde las ocho de la mañana se acumulan en ella en gran número”.

El contraste con los cafés de París es notable: “Acostumbrados como estamos al lujo deslumbrante de los cafés de París, los cafés de Madrid nos parecen verdaderas tabernas. Su decorado recuerda al de esas barracas donde se exhiben mujeres barbudas y misteriosas sirenas”. La observación sobre la sed y el fuego en Madrid añade un toque de humor: “La sed de Madrid alcanza proporciones extraordinarias. Ni las montañas de Guadarrama, con todas sus nieves, ni toda el agua de las fuentes, bastan para apagarla… Aparte del agua, lo que más necesita Madrid es lo contrario: el fuego; fuego para encender los cigarros. Así es que el grito de fuego, fuego, se oye constantemente, mezclado con el de agua, agua”.

Catedrales por España

Nada como un observador externo sin pelos en la lengua para intentar zanjar la (ridícula) batalla por ver cuál es la mejor catedral. De la de Burgos se dice: «es una de las más bellas del mundo. Lo malo es que se halla empotrada entre un conjunto de construcciones vulgares que no permiten apreciar la grandeza del conjunto», para continuar con «la puerta principal se abre a una plaza en la cual se eleva una hermosa fuente, coronada por un Cristo de mármol que viene a ser el blanco de todos los chicuelos de la ciudad, cuya principal diversión consiste en apedrear a las estatuas«. También se detiene a valorar las figuras artísticas como el cristo de Burgos cuyo «aspecto extraño de vida y su inmovilidad de muerte, produce un efecto terrible y funerario.» Si seguimos en Toledo, de su catedral dice «el exterior de la Catedral de Toledo no es nada florido, carece de arabescos, es menos ostentoso que el de la Catedral de Burgos». Pero llegados a Sevilla, tenemos una ganadora para él «como edificio (la Catedral de Sevilla) es sorprendente y gana en la comparación aunque el que se le ponga delante sea la Catedral de Burgos, la de Toledo o la Mezquita de Córdoba.»

Para concluir un cliché

«Sin duda, la única ocupación seria de los españoles es divertirse. Se entregan al placer con un entusiasmo, un abandono y una sinceridad maravillosa.»

Imagen cabecera: Vista de la Alhambra de John F. Lewis

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