Grand Tour: el precursor del «irse de vacaciones»

La fascinación por viajar y conocer nuevos lugares no es un fenómeno moderno, aunque sí lo son las vacaciones tal y como las entendemos hoy en día. Para rastrear el origen de esta tendencia, debemos remontarnos al Grand Tour, una práctica surgida en Europa entre los siglos XVII y XVIII, y considerada como la precursora del turismo moderno. El Grand Tour consistía en un extenso viaje por Europa que realizaban los jóvenes aristócratas, principalmente británicos, con el objetivo de completar su educación y adquirir conocimientos culturales y sociales. Este viaje solía incluir visitas a ciudades clave como París, Roma y Venecia, y podía durar varios años. A lo largo del tiempo, el Grand Tour evolucionó y se transformó, dando lugar a prácticas y conceptos de viaje que han perdurado hasta nuestros días.
Qué fue el Grand Tour
Comienzo en Inglaterra y llegada a París
El viaje iniciaba con un cruce rápido del Canal de la Mancha hacia Calais, en Francia. Desde allí, los viajeros se dirigían a París, el centro cultural de Europa en esa época. Era la oportunidad de asistir a eventos culturales, formarse en etiqueta y sofisticación… Los viajeros pasaban varios meses en la ciudad, visitando sus monumentos, galerías de arte y teatros, y, claro que si, yéndose un poco de fiesta.
Francia y Suiza
Desde París, el recorrido continuaba hacia el sur de Francia, atravesando el pintoresco valle del Ródano, con paradas en ciudades como Lyon y Aviñón, hasta llegar a la Provenza y el Languedoc. La ruta a menudo incluía una visita a Ginebra en Suiza, donde los viajeros podían encontrarse con figuras ilustres como Voltaire, cuya residencia en Ferney se convirtió en un atractivo destacado. Los paisajes de Suiza y Saboya, popularizados por las obras de Rousseau, añadían un toque romántico al viaje.
Italia: el corazón del Grand Tour
Italia era el destino central del Grand Tour, influenciado en gran medida por el helenista Johann Joachim Winckelmann, quien promovió el estudio del arte renacentista y greco-romano. Los viajeros comenzaban en Turín y Milán, explorando su vibrante vida cultural y artística. Venecia, con sus canales y palacios, ofrecía una visión única del esplendor italiano. Descendiendo al sur, Florencia se destacaba por sus magníficas obras del Renacimiento, mientras que Roma era la cumbre del viaje, con sus antiguas ruinas, iglesias y monumentos que dejaban una impresión duradera en los jóvenes artistas y eruditos. La visita a Italia culminaba en Nápoles, la ciudad más grande de Italia en ese momento, donde se admiraban las ruinas de Pompeya y Herculano, redescubiertas en 1739. Algunos aventureros continuaban incluso hacia Sicilia, inspirados por las descripciones de Goethe en su «Viaje a Italia».
Retorno a través de Suiza, Alemania y Países Bajos
El regreso desde Italia podía realizarse por mar, zarpando desde Livorno o Génova, o cruzando los Alpes hacia Suiza y Alemania. La ruta alemana ganaba popularidad tras la Guerra de los Siete Años, visitándose ciudades cortesanas como Hanover, Berlín y Dresde. El auge literario alemán, impulsado por Schiller y Goethe, también atrajo a muchos viajeros hacia Weimar, Baden-Baden y Fráncfort del Meno.
Antes de regresar a Inglaterra, los viajeros solían hacer una última parada en los Países Bajos, visitando Bruselas y Ámsterdam. Estas ciudades ofrecían una mezcla de innovación artística y comercial que complementaba el conocimiento adquirido durante el viaje. Habían llegado a casa, y eso que el Grand Tour no estaba exento de peligros; enfermedades, robos y accidentes en rutas difíciles y a menudo inseguras.
Los viajeros románticos
Con la llegada del siglo XIX, el espíritu del Grand Tour evolucionó de la mano de los llamados viajeros románticos, inspirados por la literatura, la música y un deseo idealizado de escapar de la industrialización y la vida urbana, emprendieron sus propios viajes por Europa. A diferencia de sus predecesores, que se centraban en la educación formal y la adquisición de conocimiento, los viajeros románticos buscaban jaleo, básicamente.
Entre los más destacados viajeros románticos encontramos a escritores, poetas y artistas como Lord Byron, Mary Shelley, Washington Irving y Théophile Gautier. Estos individuos no solo viajaban para ver nuevos lugares, sino que también se inspiraban en ellos para crear obras literarias y artísticas.
Lord Byron, Mary Shelley, Washington Irving o Théophile Gautier
George Gordon Byron, más conocido como Lord Byron, fue un poeta británico y una de las figuras más influyentes del Romanticismo. Quizás es más famoso hoy día por su personalidad excéntrica y su vida aventurera, prueba de que el mito ha superado al hombre. En cuanto a sus viajes, sus estancias en Italia y Grecia dio frutos como «Childe Harold’s Pilgrimage». Mary Shelley junto con su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, viajó extensamente por Europa. En uno de sus viajes en Suiza, estaban con Lord Byron en la Villa Diodati y escribió, fruto de un juego de ingenio, «Frankenstein» obra culmen de la literatura universal. El viaje supone aquí también no solo una exploración directa de elementos exóticos, sino una oportunidad para conocer y vivir otras experiencias fuera de la rutina y propiciar la creación.
Washington Irving fue un escritor estadounidense conocido por sus cuentos «La leyenda de Sleepy Hollow» y «Rip Van Winkle», pero el caso es que viajó a Europa en varias ocasiones, incluso vivió en España. Aquí escribió «Cuentos de la Alhambra», una colección de relatos inspirados en su estancia en Granada y sus visitas a la Alhambra. Es quizás el escritor romántico por antonomasia en cuanto a cómo sus relatos ayudaron a popularizar la imagen romántica de España en el mundo anglosajón.
Théophile Gautier fue un poeta, dramaturgo y novelista francés, viajó por España, Italia, Grecia y Rusia, entre otros lugares. Sus obras, como «Voyage en Espagne» y «Italia», están llenas de descripciones detalladas de los paisajes y las culturas que encontró. Gautier se inspiró en la arquitectura, el arte y las tradiciones locales, y sus escritos influyeron en la percepción europea de estos países.
Así vemos que los viajeros románticos exploraron principalmente países del sur de Europa, con especial predilección por España e Italia. En Italia, visitaban las ruinas romanas, las catedrales renacentistas y las galerías de arte de ciudades como Roma, Florencia y Venecia. España, con su mezcla de culturas y paisajes exóticos, también fue un destino popular, lugares como Granada, Sevilla y Toledo se convirtieron en iconos de la aventura romántica.
¿El precursor del turismo moderno?
Con el tiempo, el concepto de «irse de vacaciones» ha evolucionado. Lo que comenzó como un privilegio exclusivo de la aristocracia se ha democratizado, convirtiéndose en una actividad accesible para una gran parte de la población.
Imagen cabecera: Roma desde el monte Aventino de Turner