Los años noventa fueron un periodo convulso para las vacas sagradas del thrash estadounidense. En tan solo unos pocos años, las bandas más reconocibles y populares de la escena (Anthrax, Megadeth, Metallica y Slayer) pasaron de ser unánimemente aclamadas por crítica y público, protagonizando giras mastodónticas y alcanzando cifras de ventas millonarias, a ser repudiadas por un porcentaje significativo de sus antiguos seguidores y vapuleadas de forma casi sistemática por gran parte de la crítica especializada. A lo largo de la década se publicaron tanto obras maestras incontestables como trabajos que hoy en día poca gente recuerda con cariño.
El propósito de este artículo es, por tanto, analizar la totalidad de lanzamientos que estas bandas editaron entre enero de 1990 y diciembre de 1999 para documentar la evolución de cada una de ellas a lo largo de una década caracterizada por los altibajos. Se trata, en consecuencia, de analizar cada álbum por separado y en su contexto, sin entrar a juzgar las bien documentadas (y sobradamente discutidas) circunstancias externas que rodearon a muchas de estas formaciones a lo largo de una década en la que todas ellas sufrieron importantes cambios.
1990
Anthrax – Persistence of time
Anthrax dan el pistoletazo de salida a los noventa publicando su quinto trabajo de estudio, Persistence of time, en agosto de 1990. En él nos presentan una versión de la banda más cruda que la que habíamos disfrutado hasta entonces, con unas letras mucho más maduras, y sacrificando algo de velocidad en beneficio de unas atmósferas más oscuras y densas. El resultado es, sin duda, uno de los mejores trabajos de su carrera.
El principal “problema” de Persistence of time, no obstante, es que solo un mes más tarde, con fecha de septiembre de 1990, tuvo lugar uno de los acontecimientos más relevantes en la historia del metal: la publicación de Rust in peace por parte de Megadeth.

Megadeth – Rust in peace
La banda de Dave Mustaine había dado ya muestras de su potencial en 1986 con la edición del tremendo Peace sells… but who’s buying? Su sucesor, So far, so good… so what? (1988), a pesar de ello, no acabó de colmar las expectativas y dos años después el cambio de década sorprendió a la banda en medio de un periodo de transición que serviría para terminar de conformar la que es, sin duda, la alineación de Megadeth más recordada. A Dave Mustaine (guitarra y voz) y Dave Ellefson (bajo), se unirían Marty Friedman a la guitarra y Nick Menza (tristemente fallecido en 2016) a la batería.
Con la mencionada alineación sería con la que grabarían y publicarían un disco que acabaría por convertirse no solo en su gran obra maestra, sino también en uno de los mejores discos de la historia del metal. Abrazando elementos progresivos, integrados a la perfección en la maraña de endiablados riffs de Mustaine, Megadeth daría luz a un trabajo soberbio. Un álbum con una banda en estado de gracia empujándose más allá de sus propios límites, en el que todos los ingredientes se combinan para dar lugar a un resultado inmejorable, y que, por sí solo, justifica toda una carrera. Obra cumbre del thrash metal en particular y del metal en general, poco más que añadir.

Slayer – Seasons in the abyss
Slayer, por su parte, daban la bienvenida a la década, solo un par de semanas después de la publicación de Rust in peace, con uno de los discos más recordados de su discografía, Seasons in the abyss. En él combinan a la perfección las señas de identidad principales de sus dos álbumes anteriores, la veloz rabia desencadenada de Reign in blood (1986) y las atmósferas más lentas y opresivas de su sucesor South of Heaven (1988), para crear tal vez su obra más redonda. Para la historia quedan el corte que da título al álbum (la mejor composición de toda su carrera, en opinión de este redactor) y su mítico videoclip grabado en la explanada de Giza, en Egipto.
1990 supuso, en definitiva, un año muy remarcable para tres de los cuatro componentes del Big four. Las tres bandas lanzaron al mercado discos básicos en su discografía. Obras que hoy en día son consideradas como esenciales para todo aquel que se pretenda adentrar en su obra y que, en el caso de Rust in peace y Seasons in the abyss, han quedado establecidas en el imaginario colectivo del metal como obras maestras del género.
1991
Anthrax – Attack of the killer B’s
A finales del mes de junio Anthrax lanzó al mercado una recopilación de rarezas, versiones y caras B que supondría la despedida de Joey Belladona, cantante y frontman de la banda desde la publicación del EP Armed and dangerous a principios de 1985. El disco es relevante además por incluir “Bring the noise”, la celebérrima colaboración entre Anthrax y Public Enemy, antecedente claro del rap metal que acabaría por popularizarse a lo largo de la década. Por lo demás, como toda recopilación de rarezas, se trata de un trabajo dirigido específicamente a los fans irredentos de la banda, por lo que el oyente casual no encontrará nada especialmente reseñable.
Metallica – Metallica
Metallica fueron el último integrante del big four en romper su silencio en los noventa. Y con la publicación en agosto de 1991 del conocido como Black album marcaron el que muchos consideran como el final del thrash metal tal y como lo conocíamos. Habiendo publicado cuatro obras básicas del género en la década anterior, Metallica daban la bienvenida a la década con un evidente cambio de registro, más cercano al hard rock que a sus orígenes thrash. El resultado fue no solo una sucesión de himnos arrolladora (con una producción de Bob Rock un tanto excesiva, todo sea dicho), sino también un éxito comercial sin precedentes, traspasando las fronteras del metal para convertir a los integrantes de la banda en estrellas a escala planetaria. El éxito del Black album fue tal que acabaría por afectar no solo al futuro de la banda, del que ya se hablará más adelante, sino también a la dirección musical que el resto de las formaciones protagonistas de este artículo, con desiguales resultados, tomarían a partir de aquí.
En cuanto al aspecto puramente musical, la banda explora con éxito unos horizontes desconocidos previamente para ellos, por medio de un giro estilístico que no sería bien recibido por un porcentaje importante de los antiguos seguidores de la banda, pero que a cambio sirvió para dar a conocer el metal a toda una generación.
Slayer – Decade of agression
En el otoño de 1991 Slayer lanzaría Decade of aggression, segundo álbum en directo editado por la banda californiana, grabado en la gira que sucedió a la publicación de Seasons in the abyss. Se echa de menos algún corte más procedente de Hell awaits dentro de una selección en la que la mayor parte de temas pertenecen, como es lógico, a su lanzamiento más reciente, pero por lo demás, se trata de un perfecto testimonio de la grandeza de una banda que se encontraba en un estado de forma tremendo no solo en el estudio, sino también sobre los escenarios.

La grandeza del combo Seasons in the abyss/Decade of aggression, a pesar de todo, se cobró una víctima, ya que Dave Lombardo, genial batería de la formación, optó por abandonar la banda con posterioridad a esta gira. Una notable pérdida de la que, aun no habiendo estado nunca Lombardo demasiado involucrado en tareas compositivas, les costaría mucho recuperarse en años sucesivos.
1991 fue, por tanto, un punto de inflexión para el thrash estadounidense. El éxito alcanzado por Metallica con el álbum negro provocó, con efecto casi inmediato, que Megadeth y Anthrax se replanteasen también la propuesta sonora con la que querían enfrentarse a los noventa. En cuanto a Slayer, no se puede decir que el álbum negro tuviese una influencia demasiado decisiva sobre la dirección musical que tomarían, pero, en cualquier caso, 1991 trajo consigo el primer cambio de formación duradero en la historia del grupo (ya que el propio Lombardo había abandonado la formación previamente en 1986, pero solo para volver unos pocos meses después).
1992
Megadeth – Countdown to extinction
Suceder a una obra maestra como Rust in peace no es tarea fácil. Con dicho objetivo en mente publicaría Megadeth Countdown to extinction, el único disco editado por cualquiera de nuestras bandas protagonistas en el año 92. En él, Mustaine y compañía optan por seguir la senda iniciada por el álbum negro de Metallica, abandonando la enrevesada y compleja sucesión de riffs de su obra magna en beneficio de un sonido algo más accesible y melódico. El resultado es un disco no tan rotundo como su antecesor, pero que se encuentra igualmente entre los mejores trabajos de su discografía. Tal vez lo único que se le pueda reprochar sea seguir de forma tan descarada la línea marcada por el álbum negro, pero, más allá de eso, se trata de un trabajo plenamente satisfactorio en el que Megadeth supera con nota la siempre difícil tarea de suceder a una obra maestra.
1993
Anthrax – Sound of white noise
Llegados a 1993, Anthrax se enfrentaban a un reto mayúsculo. Joey Belladona, frontman de la banda durante los ocho años anteriores, había abandonado la formación, y John Bush, antiguo cantante de la banda de heavy metal californiana Armored Saint, era el escogido para sustituirle. El cambio en el apartado vocal fue drástico, pasando de la voz aguda de Belladona (más próxima al heavy metal clásico que a lo habitual en el thrash de la época) a la tesitura mucho más grave de un Bush que, no obstante, se encontraba en un momento de forma espléndido.
Desde el punto de vista musical, la impronta del álbum negro es también evidentísima en este caso, si bien con una inclinación más acusada hacia el rock alternativo de la época (con Dave Jerden, productor de bandas como Alice in Chains o Jane’s Addiction, a los mandos de la producción) o hacia bandas contemporáneas como Pantera (cuya influencia sobre la música de Anthrax se iría haciendo cada vez más evidente a lo largo de la década). El desafío era, por tanto, mayúsculo. No solo había cambiado la voz principal, sino que la dirección musical de la banda también se había alejado en gran medida de lo mostrado previamente. El resultado, a pesar de ello, fue inmejorable. Bush encajó como un guante en la nueva propuesta musical de la banda, y Sound of white noise acabó por convertirse en una de las joyas de la discografía de Anthrax.
Metallica – Live shit: Binge & purge
Dentro de la mastodóntica gira que sucedió al éxito del álbum negro, Metallica decidió lanzar al mercado un también mastodóntico trabajo en directo, compuesto por tres CD’s integrados por cortes grabados en cinco actuaciones en Ciudad de Méjico entre el 25 de febrero y el 2 de marzo de 1993, y por otras tres cintas de video (DVD’s en las reediciones) con grabaciones de actuaciones de años anteriores.
Hablando exclusivamente de los CD’s, es una lástima que estas grabaciones fuesen al final de la gira del álbum negro, con la voz de James Hetfield lamentablemente perdida para nunca volver. Hetfield, por necesidad más que por decisión, se ve obligado a cuidar su maltrecha garganta, y eso repercute negativamente en unas canciones que, en su mayoría, fueron escritas para cantarse con mucha más agresividad. Se agradecen mucho, en consecuencia, los coros y ocasionales líneas vocales del siempre injustamente olvidado Jason Newsted, más presentes que nunca en estas grabaciones y que sirven para paliar algo las dificultades de un Hetfield que, a pesar de todo, y a diferencia de en otros discos en directo editados posteriormente por la banda, todavía es capaz de mantener el tipo.

En 1992 y 1993 se evidenció, por tanto, lo ya comentado anteriormente: la enorme influencia que el éxito del álbum negro ejerció tanto sobre Megadeth como sobre Anthrax, optando ambas bandas por publicar sendos trabajos en los que se alejaban de sus raíces thrash para abrazar, con resultados plenamente satisfactorios, propuestas más accesibles.
1994
Anthrax – Live: The Island years
Ya con Belladona fuera de la banda, Anthrax editaría todavía un disco en directo con su antiguo cantante al frente, debido a obligaciones contractuales con Island Records, discográfica que acababan de abandonar para firmar por Elektra. En el disco se recopilan grabaciones pertenecientes a un concierto en California en octubre de 1991 (ya editadas previamente en formato VHS), y a unas sesiones en directo, pero grabadas en estudio, que se habían emitido por la cadena de radio WOSU, también conocida como Seton Hall Pirate Radio. Nos encontramos, por tanto, con un trabajo que no pasa de mera curiosidad, pero que supone el único testimonio en directo (en formato disco) de la considerada por muchos como época dorada de la banda.
Slayer – Divine intervention
El año 94 continuaba con el primer álbum de la carrera de Slayer en el que participó un miembro no original de la formación, el batería Paul Bostaph. Al contrario que nuestros otros protagonistas, Slayer se mantuvieron ajenos a la influencia del álbum negro y optaron por mantenerse fieles a sus raíces y editar un trabajo que, de hecho, retrotrae en muchos momentos a los caminos explorados ocho años antes con Reign in blood, olvidando los matices casi progresivos de Seasons in the abyss para optar por una formula mucho más directa, excepción hecha de algún corte aislado como el que da nombre al disco. Divine intervention no es un trabajo tan memorable como los anteriores álbumes de la banda, y su producción dista de ser perfecta, pero a pesar de ello se trata de un trabajo rescatable que, escuchado con perspectiva, ha aguantado muy bien el paso del tiempo. No es una obra maestra, pero sí es un trabajo decente, con momentos de inspiración remarcables, y al que en su momento se atacó duramente con no demasiada justificación. Supone, además, el último exponente de thrash metal puro y duro que nos ofrecería cualquiera de estas bandas en la década, lo que no deja de ser destacable.
Megadeth – Youthanasia
El primer lustro de la década (y, de paso, la primera parte de este artículo) se cierra con Youthanasia, sexto trabajo de estudio de Megadeth y tercero consecutivo con la misma formación por primera vez en toda la andadura de la banda. Se trata de una obra continuista, que profundiza en la vertiente melódica de Countdown to extinction, alejándose aún más de la vertiente thrash de los primeros cuatro trabajos de la formación y que, en consecuencia, gustará a todo aquel que disfrutó del giro estilístico tomado por Megadeth un par de años antes y probablemente decepcionará a los puristas seguidores de sus primeros años. Independientemente de ello, se trata de un trabajo sólido como una roca, con una banda más conjuntada que nunca, y plenamente consciente de la senda que quiere seguir. Una senda que apenas tres años antes parecía poco menos que imposible que Megadeth pudiese recorrer, pero que consiguieron transitar con notable éxito.
La primera mitad de la década se cerraba, por tanto, tras unos años en que el género había disfrutado no solo de una cima creativa, sino también de una cima en términos de popularidad. Las cuatro bandas protagonistas de este texto editaron a lo largo de estos años trabajos que hoy día son considerados básicos dentro de su discografía y fueron capaces, además, de modernizar su propuesta sonora con un éxito notable. Todo parecía, por tanto, ir viento en popa para los pesos pesados del thrash norteamericano. Dicha circunstancia, a pesar de todo, y como se tratará en la segunda parte de este artículo, no duraría demasiado.
1995
Megadeth – Hidden treasures
La segunda mitad de la década, en nuestro repaso particular, da comienzo con un recopilatorio de rarezas por parte de Dave Mustaine y compañía en el que se incluyen una serie de piezas compuestas originalmente para bandas sonoras de películas de diverso pelaje junto a versiones de Alice Cooper, Sex Pistols y Black Sabbath.
El disco fue incluido en ediciones europeas de Youthanasia como contenido extra y, en ese contexto, es bastante disfrutable. Entendido como un trabajo individual, tal y como fue editado en Japón y Estados Unidos, resulta bastante prescindible. A pesar de ello, la inclusión de tesoros ocultos (nunca mejor dicho) como “Angry again”, “99 ways to die” o “Diadems”, nunca incluidos en un álbum de estudio, hace que la escucha merezca la pena.
Anthrax – Stomp 442
Tras salvar con éxito la marcha de Joey Belladona merced a la publicación del estupendo Sound of white noise, Anthrax se encontraban ante un nuevo reto con la marcha de Dan Spitz, quien había ejercido las labores de guitarra solista desde los primeros pasos de la banda. De cara a la grabación de Stomp 442, los neoyorquinos recurrirían a la ayuda de Paul Crook y Mike Tempesta (técnicos de guitarras de Scott Ian y del ya nombrado Spitz a lo largo de la primera mitad de la década) y de Dimebag Darrell (amigo personal de la banda), que colaboraría en dos temas. El propio Charlie Benante, habitual batería de la formación y ocasional guitarrista en otros proyectos, también interpretaría un par de solos.
En cuanto al álbum en sí, la banda apuesta decididamente por abrazar las influencias de Pantera, produciendo un conjunto de temas que por separado funcionan razonablemente bien, pero que conforman un todo demasiado repetitivo como para ser considerado como algo más que meramente pasable. Lo más destacable, una vez más, resulta el impresionante trabajo a las voces de un John Bush en estado de gracia, dando lo mejor de sí mismo y confirmando en Stomp 442 la tremenda capacidad vocal ya apuntada en el álbum precedente.
Tras el recopilatorio lanzado por Mustaine y sus chicos, Anthrax serían de nuevo los encargados de abrir la segunda mitad de la década con un trabajo decente pero muy por debajo de sus dos trabajos anteriores. La tendencia inaugurada en los años pretéritos se vería, además, confirmada, con una banda muy alejada de sus raíces thrash y abrazando otras corrientes del metal con las que formaciones como Pantera (que se había alzado al primer puesto de la lista Billboard el año anterior con el lanzamiento de Far beyond driven) triunfaban por la época.
1996
Slayer – Undisputed attitude
Slayer sucederían a Divine intervention con un álbum de versiones, grabadas todas para la ocasión, de varias formaciones del universo punk/hardcore, entre las que cabe destacar a Minor Threat, T.S.O.L. o Dirty Rotten Imbeciles. Como la inmensa mayoría de discos de versiones, es un álbum a todas luces innecesario. Pero no es menos cierto que su media hora escasa se disfruta en un suspiro, y es evidente que los californianos se encuentran francamente cómodos abrazando la simbiosis entre thrash y hardcore comúnmente identificada como crossover. ¿Es Undisputed attitude algo más que una curiosidad? No. ¿Es, a pesar de ello, un trabajo apreciable? Rotundamente sí.
Metallica – Load
Llegado 1996, Metallica lanzarían al mercado un disco que haría correr ríos de tinta. Y es que con Load los californianos confirmarían el giro tomado con el álbum negro lanzando al mercado un disco de hard rock con evidentes influencias de blues y rock sureño, ni más ni menos. Ni que decir tiene que el cambio no fue particularmente bien recibido por la mayor parte de los antiguos fans de la banda, pero, a pesar de estar considerado por muchos como el inicio del descenso a los infiernos de la banda, el disco fue un rotundo éxito de ventas y no hizo sino confirmar el estatus de Metallica como la banda de metal más famosa sobre la faz de la tierra.
Polémicas aparte, lo cierto es que el disco empieza muy bien, con cinco cortes iniciales a los que pocos peros se les pueden poner (más allá de una evolución estilística que, evidentemente, no tiene por qué agradar a todo el mundo). Sin embargo, a partir de la horripilante balada “Hero of the day”, Load cae en picado, con toda una serie de temas poco inspirados y muy redundantes a los que tampoco ayuda una duración desmesurada, tanto de algunos cortes (“Outlaw torn” o “Bleeding me” como mejores ejemplos) como del álbum en su conjunto (que roza los 80 minutos).
Acabando 1996, por tanto, Metallica daban un paso más allá en su mutación estilística con un trabajo que, a pesar de algunos momentos rescatables, resulta fallido en su conjunto. El abandono de la práctica totalidad de elementos thrash llevó a muchos seguidores a decir adiós a una formación que, a pesar de ello y de los problemas personales de algunos de sus componentes, siguió gozando de un estatus de superestrellas mundiales que ya nunca abandonarían.
1997
Megadeth – Cryptic writings
La banda liderada por Dave Mustaine continuaría con Cryptic writings la progresión que había inaugurado Countdown to extinction y que había continuado Youthanasia. Con unas estructuras mucho más simples que en sus inicios y un sonido muy alejado de sus raíces, orientado ya sin ningún disimulo hacia la melodía, se trata de una continuación lógica de sus trabajos anteriores que, sin estar a la altura de los mejores discos de la formación, sí que mantiene un nivel más que digno. La variación en términos estilísticos no tiene por qué agradar a todos, evidentemente, pero a pesar de que Cryptic writings no es thrash, ni mucho menos, sí que es un trabajo muy rescatable con ocasionales momentos de brillantez.
Metallica – Reload
Apenas un año después de la publicación de Load aparecería su secuela, ofreciendo las mismas señas de identidad: influencias blues y sureñas, distanciamiento respecto al sonido de los primeros años de la banda y, una vez más, repetición constante de los mismos esquemas, con una duración desmesurada y momentos ocasionales de vergüenza ajena. Lo más curioso es que, de acuerdo con declaraciones de la banda en la época de publicación del disco, la idea original parecía ser publicar un único disco doble que abarcase todo el material de Load y Reload. Una selección de los mejores cortes de ambos trabajos, y una duración en torno a los 45-50 minutos habría dado lugar a un trabajo más que decente. En lugar de eso nos encontramos una vez más con un inicio prometedor, con las archiconocidas “Fuel y “Memory remains” dando el pistoletazo de salida, y con un bajón terrible a partir del tercer corte, con una sucesión de piezas genéricas que solo mejora en momentos ocasionales como con la muy reivindicable “Carpe diem baby”. Una evidencia de que no siempre más es, ni mucho menos, mejor.
1998
Slayer – Diabolus in musica
Con el resto de bandas protagonistas de este artículo tornando hacia sonoridades más cercanas al hard rock (Metallica y Megadeth) o al groove metal (Anthrax), Slayer serían los últimos en mutar su sonido para tratar de adaptarse a los tiempos que corrían ya a finales de la década de los 90. Y lo harían adoptando elementos propios del nu metal, subgénero que, desde mediados de la década, coincidiendo con la publicación de los primeros discos de Korn, había comenzado a ganar en popularidad en los USA. El resultado fue, en este caso, un trabajo fallido en el que los elementos novedosos no parecen encajar del todo con una idiosincrasia tradicional que, al contrario que el resto de nuestros protagonistas, Slayer nunca abandonó por completo.
Slayer – Stain of mind
Anthrax – Volume 8: The threat is real
Apenas un mes después de la publicación de Diabolus in musica, Anthrax editaría el que también acabaría por suponer el trabajo más flojo de toda su carrera. De nuevo con colaboraciones de Dimebag Darrell, al que se suma Phil Anselmo aportando los coros en un corte, la banda se acerca más que nunca a la propuesta musical de Pantera, llegando Scott Ian poco menos que a copiar el característico sonido de la guitarra rítmica de Darrell en la mayor parte de los temas. Todo ello da lugar a un disco con algún momento rescatable pero bastante carente de personalidad y de dirección, ya que tan pronto se imita a Pantera (“Crush”, “Killing box” o “Born again idiot”) como se apuesta por un metal más ligero (“Catharsis” o “P&V”), o se opta por experimentar con otros géneros como el rock alternativo (con la más que reivindicable “Harms way”) o incluso el country (con la inclasificable “Toast to the extras”). Lo más destacable resulta, por lo demás, y a riesgo de sonar repetitivo, la interpretación de un inmenso John Bush que sube él solo el nivel del disco. Una pena que ni en Stomp 442 ni en Volume 8 las composiciones estuviesen a la altura (circunstancia que, afortunadamente, cambaría unos años después con la edición de esa joya que es We’ve come for you all allá por 2003).
Anthrax – Inside out
Metallica – Garage Inc.
Al igual que hicieran Slayer un par de años antes, también Metallica decidirían editar un disco de versiones en la segunda mitad de los 90, si bien en este caso no se autoimpondrían barreras estilísticas de ningún tipo, optando por versionar a bandas y artistas de lo más diverso, desde Bob Seger a Mercyful Fate, pasando por Nick Cave o Motorhead. Garage Inc. se compondría, en consecuencia, de dos discos diferenciados. Uno integrado por versiones grabadas explícitamente para la ocasión y por lo tanto con una textura sónica muy próxima al binomio Load/Reload, y otro recopilando versiones publicadas previamente a lo largo de la historia anterior de la banda en forma de EP’s o como caras B de diversos singles.
Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta la particular gestación del proyecto, el resultado es irregular, con algunas versiones que rayan a muy buen nivel (las cuatro versiones de Diamond Head o el medley de Mercyful Fate son buenos ejemplos de ello), y otras que funcionan peor o que incluso resultan realmente vergonzosas (el crimen perpetrado con el “Loverman” de Nick Cave es para mear y no echar gota). A pesar de todo, la valoración que previamente se hacía sobre el Undisputed attitude de Slayer (innecesario pero disfrutable) resulta igualmente válida con este trabajo.
Metallica – Am I evil?
Llegando a este punto nos encontramos con que todas las bandas protagonistas de este artículo habían publicado ya, con mayor o menor fortuna, trabajos en los que se distanciaban de forma más que sustancial del sonido que les había hecho grandes. Metallica seguía gozando de un estatus de estrellas mundiales a pesar de la publicación de dos trabajos mediocres en los que viraban su propuesta musical hacia terrenos previamente inexplorados. Anthrax y Slayer habían publicado trabajos en los que, sin abandonar el metal, sí abrazaban corrientes estéticas más modernas con las que no parecían estar del todo cómodos y que les habían empujado a un discreto segundo plano del que todavía tardarían en salir. Megadeth parecía la banda que, desde el punto de vista artístico, mejor había librado la década de los noventa, con una obra maestra incontestable como Rust in peace y otros tres trabajos (Countdown to extinction, Youthanasia y Cryptic writings) que oscilaban entre lo decente y lo muy bueno. El fin de la década nos reservaba, a pesar de ello, una sorpresa desagradable.
1999
Megadeth – Risk
Con Nick Menza fuera de la banda y sustituido por Jimmy DeGrasso a las baquetas, la banda liderada por Dave Mustaine daría una vuelta de tuerca más a la propuesta que llevaban desarrollando desde Countdown to extinction con Risk, trabajo de estudio con el que despedirían la década. Lamentablemente, dicha vuelta de tuerca no produjo el efecto deseado y solo sirvió para dar lugar al que supuso, sin atisbo de duda, el peor trabajo de toda la carrera de la banda hasta el momento. Un disco irreconocible en el que la banda termina de abandonar por completo sus tradicionales señas de identidad, con Mustaine en una huida desesperada hacia adelante buscando el favor de un público cada vez más esquivo por medio de unas composiciones facilonas y carentes de inspiración que en casi ningún momento consiguen alzar el vuelo.
Anthrax – Return of the killer A’s
En noviembre de 1999 Anthrax publicaría un recopilatorio de grandes éxitos cuyo único interés particular para cualquier seguidor de la banda neoyorquina radica en la participación de Joey Belladona (vocalista de la banda entre 1984 y 1992) y de Dan Lilker (bajista de la formación en su disco de debut de 1984) en un corte exclusivo de este recopilatorio, la versión del “Ball of confusión” de The Temptations. Por lo demás, poco más que añadir.
Metallica – S&M
Y la década concluiría con una banda de thrash tocando en directo con una orquesta sinfónica. ¿A alguien le parece una buena idea? Pues James Hetfield y compañía debieron considerar que sí y recurrieron a Michael Kamen (reputado compositor de bandas sonoras entre las que cabe destacar las de Memento, las tres primeras películas de La jungla de cristal o la serie de HBO Hermanos de sangre) para dirigir a la orquesta y llevar a cabo los arreglos pertinentes. El concierto, grabado en San Francisco, fue editado en forma de doble CD en noviembre de 1999 y es un testimonio perfecto de la megalomanía que suele acompañar al éxito masivo. Los arreglos orquestales solo muy ocasionalmente aportan algo reseñable (en la instrumental “The call of Ktulu” o en alguna de las archiconocidas baladas de la banda, por ejemplo) y en la mayor parte de cortes no funcionan en absoluto, pasando desapercibidos o directamente sonando totalmente fuera de lugar. Por lo demás, la voz de James Hetfield continúa mostrando unas señales de fatiga evidentes, restando gran parte de su atractivo a las versiones aquí incluidas de temas de la época dorada de la banda como “Master of puppets” o “For whom the bell tolls”.
Metallica – The call of Ktulu
Una década que se había iniciado con todas nuestras bandas protagonistas editando discos básicos en su discografía, cuando no obras maestras del género, terminaba con todos los integrantes del famoso Big Four publicando trabajos que oscilaban entre lo desastroso y lo intrascendente. Todos ellos, con la excepción de Metallica, pasarían además a un segundo plano mediático en el que quedarían perpetuamente instalados a partir de entonces. Este hecho no impediría, a pesar de todo, que años más tarde editasen trabajos más que decentes como los muy recomendables We’ve come for you all (2003) o Endgame (2009), de Anthrax y Megadeth respectivamente, pero ya nunca alcanzarían cifras de ventas y notoriedad mediática semejantes a las alcanzadas durante la primera mitad de la década de los noventa. Metallica, por su parte, ha seguido siendo una de las bandas de rock/metal más famosas del mundo entero, pero desde un punto de vista artístico su relevancia no ha hecho más que caer en picado con los años.
El panorama musical ha experimentado una mutación salvaje en las últimas décadas y ha dejado atrás a unas bandas que hoy por hoy son consideradas por muchos como poco menos que dinosaurios del metal. Pero hubo una época en que cada lanzamiento de estos dinosaurios era celebrado como todo un acontecimiento por parte de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Esa época llego a su cenit en la primera mitad de los noventa para dar paso a una vertiginosa decadencia de la que les costaría muchísimo recuperarse.
En el presente artículo (y en la primera parte del mismo) se ha pretendido documentar ese proceso de ascenso y decadencia sin prejuicios de ningún tipo, tratando de analizar cada disco por lo que es y no por aquello por lo que se le recuerda. El resultado ha sido una constatación de que el bajón de popularidad de nuestros protagonistas a lo largo de la década resulta bastante justificable a tenor del nivel de bastantes de sus trabajos en la segunda mitad de la misma. Hecho que, no obstante, no debería hacernos cometer el error de ignorar un primer lustro en el que varias de estas bandas alcanzaron unas cotas a las que, lamentablemente, nunca lograrían llegar de nuevo.





